Como se recortan unos globos rojos delante de un cielo azul, la gente anda por las calles de Chiang Mai llenando todo el centro de la ciudad para hacer honor al Sunday Market. Encontrareis de todo a cada paso y la gente se para, compra, se entretiene, habla y se hace con cada palmo de tierra hasta que llega la media noche. Cuadros originales y fantásticos expuestos por sus artistas, manaje para el hogar, decoración y ropa de todo tipo, mil pequeños restaurantes para escojer y bandejas de sushi acabado de hacer por poco más de un euro… La ciudad vive bulliciosa y hasta en los jardines de los templos se montan comederos improvisados dónde las famílias y los amigos hacen un alto en el camino antes de hacer ofrendas sagradas al único Dios calvo que uno pueda recordar (quizás por eso me es tan fácil sentirme a gusto en esta tierra).
Pero los dioses, desengañemonos, con pelo o sin él, con pelúca o sin afeitar, se mantienen sordos y observan des de la distancia las hormigas que se arremolinan delante sus altares. Y, en medio del mercado, los estudiantes piden con uniformes donativos para acabar sus estudios, los ciegos cantan canciones para enternecer supuestas alamas y las niñas bailan con vestidos tradicionales buscando el repicar de las monedas.
La vida fluye, se contrae y se expande mientras el azul del cielo se ennegrece. Y las calles se van vaciando, y la ciudad de los templos vuelve a la calma mientras un Dios calvo observa silencioso como la vida mercadea contrastes.




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