Orfeo

Hades

Quizás no seré Orfeo, quizás no tendré una historia de amor que me guie a buscar el alma de mi amada en los mismos infiernos, pero puedo decir que he encontrado la puerta al Hades. Tanto tiempo buscada, la entrada a la ultratumba griega se encuentra enmedio de Laos y, creedme, he pasado toda una agonía para llegar a ella. Primero, por que el peor infierno es la cuotidianidad y subirse a un autocar de línea laosiana, los tuktuls y todo lo que te haga falta para llegar a un determinado sitio es peor que mil años de purgatorio. No por la experiencia, en ocasiones incluso divertida (viendo como en un mismo vehiculo hay espacio para una moto, un cerdito y, si hace falta, una lavadora), sino por la sútil tortura de sufrir baches y más baches dentro de un vehículo mal ventilado sin saber donde acabarás perdido.

En fin, la experiencia vale la pena cuando llegas a la cueva de Kong Loo. Perdida en el centro del país, llegué preparado para hacer un paseo y me encontré con un río. La canoa de caronte esperaba con dos guías escuálidos y mortuorios invitandonos a entrar en las profundidades donde las almas encuentran su propio destino. Siete quilómetros de cuevas inundadas con formas increibles y, en un momento, cuando te imaginas en lo más profundo de las cavidades de la tierra, ves la luz. Cruzando la montaña surges en el propio Hades, el jardín de los dioses donde las libelulas incendiadas de color sangre queman el aire por encima de aguas verdes y tranquilas de un rio poco profundo y lleno de arboles caídos. En lugar de Cerbero, el perro de tres cabezas que guarda los infiernos, un buey nos observa desde dentro del agua dispuesto a ceder su reino por unos instantes.

Sentado en la hierba, esperando que los dos Carontes de nuestra embarcación se decidan a hacer el viaje de vuelta, me prometo a mi mismo no comer nada de este lugar. No sea que, como dicen los mitos griegos, unas pocas semillas de granada me condenen y decida quedarme para siempre perdido, tranquilo, tirado sobre la hierba del paraíso.

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