Emei, la montaña sagrada

Me pierdo durante dos días andando por Emei Shan, una de las cuatro montñas sagradas del budismo en la China. Según la tradición, fue en esta montaña de más de 3000 metros donde se construyó el primer templo budista chino. Desde entonces, peregrinos de todo el país se han desplazado para llenar su sacralidad, materializada en una belleza natural que impacta y te hace sentir un poco más cerca del cielo. Uno de los fenómenos más famosos es el Aura de Buda, una especie de arco iris nacido en medio de la niebla al atardecer, delante del cual muchos peregrinos se tiraban al vacio de los acantilados d’Emei Shan esperando reunirse con la divinidad.

Afortunadamente, mis papilas gustativas están poco dadas a sentir el sabor de la divinidad y dedico mi ascenso a Emei Shan a llenarme de la belleza y, como no, filosofar. Reventandome las rodillas en los 8000 peldaños que llenan los caminos de la montaña me pregunto ¿Por qué demonios todos los lugares con una belleza natural tan arrebatadora terminan convirtiendose en sabrados?

Como siempre, solo tengo una respuesta. Delante lo que no entendemos, lo que nos sobrepasa, los seres humanos tenemos que atribuír la caprichosa belleza de la naturaleza a alguna instancia superior. Después llega alguna mente brillante escondida detrás de una túnica monacal y, dependiendo del color que la impregna, el lugar en cuestión pasa a ser propiedad de una u otra religión. Y eso que era de todos pasa a ser de algunos que cobran peaje para acercarse a Dios.

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