Esta historia empieza en un tren de 35 horas desde Chengdu a Shenzen, puerta china de entrada a Hong Kong. A las once de la primera noche en el tren, las luces se apagan dejandome sin lectura mientras a solo dos zancadas un niño pequeño se pone allorar y su madre lo intenta calmar a la china, entiendase como gritando más que su hijo. El traqueteo del tren remueve la litera superior llenando el compartimento de un tamborileo metálico disonante y inspiro profundamente optando por hacer volar el pensamiento a través de la oscuridad antes de volverme loco.
En la cama de al lado, una chica china se remueve y abre su mobil para poder leer con la luz del inalámbrico. Nos miramos y sonreímos delante un nuevo sollozo-rugido del niño de al lado. Empezamos a hablar sin entendernos y, en la siguiente parada, salimos del tren para pasear por un anden desierto a la una de la madrugada. No hablamos demasiado pero reímos y compartimos insomnio con la complicidad de los viajeros atrapados por un destino inabastable. Las horas pasan y, finalmente, el sueño nos gana.
El día se despierta dentro del tren y la chica y su amiga vuelven a retomar la conversación con un servido. Se apuntan a la fiesta un estudiante universitario y dos hombres del compartimento de al lado. El estudiante habla un inglés más que precario con el que me intenta traducir. Me llenan de comida y preguntas. Y aprendo mi tercera palabra en xino: “Li hai” o algo muy similar que con el gesto conveniente significa “Ok, perfecto, buen rollo!”. Repito el gesto delante cada nueva incomprensión y el tren se llena de risas durante todo el día, mientras los jovenes revisores, un monje budista y otros espontaneos se van uniendo a la fiesta. Finalmente, al anochecer, dos niñas pequeñas se me acercan para saludarme y empiezan a cantar y bailar canciones en el minúsculo pasadizo delante de nosotros. Aplaudimos una vez y otra hasta que nos hemos de esconder porque la mayor de las niñas no quiere parar de ser el alma de la fiesta.
Antes de dormirme mi compañera de insomnio se va. Insiste en que intercanviemos teléfonos y me duermo pensando en que pasaría si me llamara. ¿Cómo nos podríamos entender?
Sin esperar nada más me despierto para llegar a Shenzen y em encuentro en una estación que no sale tan siquiera en el mapa de mi guia. El estudiante universitario me apadrina. Primero llama a un amigo para que me de las instrucciones en inglés y viendo que no me aclaro me acompaña hasta la estación del metro donde he de cojer el tren pagandome el bus y el metro de su propio bolsillo.




admin
Posted in



