El cielo de Varanasi

Varanasi, ciudad sagrada. Laberinto de callejuelas raquíticas y sinuosas, que sube y bajan, escaleras, que giran y se rompen en interrogantes como lo hace la vida. Caminos que te descubren el latido secreto y diario de una de las ciudades más antiguas de la tierra, que te muestran pobreza y riqueza a cada paso. Caminos que siempre terminan llevando al Ganges, a las aguas sagradas, a la muerte.

Llego a mi pensión en plena noche y solo un breve paseo en la oscuridad ya me lleba hasta a la esplanada de Manikarnika Gath, el lugar más sagradoo para los hindues para que el fuego de Shiva se los lleve hacia una nueva vida.

Oserbo y me fuerzo a huir del Gath para refugiarme mi primer día a Varanasi dentro del hotel. Necesito escrivir las experiencias de los dos últimos días en mi diario y quedarme en Manikarnika significaría acumular aún más vivencias a digerir. Voy a mi habitación y duermo.

Me levanto al día siguiente y me dispongo a refugiarme al bar de la terraza de mi guesthouse para escrivir aislados de Varanaso. Pero esta es una ciudad vieha, sabia y caprichosa. La vida crece en ella des de las raíces hasta las ramas más altas. Y des de la terraza pierde un día intentando escrivir. Y es que la ciudad crece a mis pues como un desierto de los tejados y terrazas donde se puede difsrutar de una de las más maravillosas competiciones de cometas que haya visto nunco. En cada tejado, en cada balcón o terrazza puede ver niños jugando con su propia cometa, dominandolo como un profesional porque no se les pierde enchado en alguno de los inombrables obstaculos del laberinto de edificios.

Monos y comadrejas reptan por entre las casas intentando robar comida. Las mujeres ordenan la ropa, se peinan y observan a sus hijos haciendo volar pajaros de papel. Los hombres pierden su mirada en el horizonte del Ganges, curvandose hacia el infinito y mostrando toda su sacralidad en el horizonte.

Y yo escribo y observo durante todo el día des del tejado. Y por la noche vuelvo al Ganges, a los fuegos, a la cremación y la muerte. Y Varanasi fluye, jugando continuamente con el aire, el fuego, el agua y la tierra, supervivente eterno de la lucha de las fuerzas más primarias.

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