Ajedrez en Indore

Retrato de un ganador

¿Qué tiene Indore que merezca la pena visitar? No tiene demasiado, la verdad. Por primera vez el propietario de un hotel a la India me aconseja no quedarme demasiado tiempo en la ciudad. Ok, hiremos directos hacia el Rajastán. Pero tengo un día. Y le he de sacar partido.

Visito el museo de la ciudad y flipo con al estraña combinación de estatuas increibles del siglo XI al jardín y pinturas horribles europeas del XIX a la planta superior. Cosas de un cierto sentimiento de inferioridad de excolonia que también se puede observar al palacio, donde se recrean las puertas de Buckingham palace. Como si Ferran Adriá se le pasara por la cabeza imitar la cocina inglesa. Un error descomunal.

En fin, salgo a la calle después de las visitas culturales y me dispongo a disfrutar de una ració de India callejera. Y la encuentro. Indore no tiene nada. Pero tiene gente. Sonrisas gratuitas que me alejan de las sombras de la próxima Bhopal y me invitan a jugar ajedrez. Y juego. Y pierdo. Y vuelvo a perder. Y veo como las sonrisas se ensanchan hasta el infinito. Cualquier posible presencia de un sentimiento diferenciador o de inferioridad desaparecen.

No me siento blanco, no me siento morado, ni turista o intruso poco deseado. Y Indore no tendrá nada pero, ni que sea haciendo el ridículo al ajedrez, te hace sentir como en casa.

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