Gente dorada

Guardián sikh

Abandono Bikaner después de ver un templo donde las ratas se reconcilian con la humanidad en forma de pequeñas reencarnaciones peludas que corren por todas partes y salgo definitivamente del Rajastán. En el autocar me duermo observando como el amarillo del desierto se incendia y se oscurece hasta desaparecer en la noche y me duermo para despertar de madrugada en Armitsar.

¿Es Armitsar? Con Avi, Sophie i Teresa, mis compañeros de aventura, creemos adentrarnos en una peli surrealista ya que el autocar ha llegado 4 horas antes de la hora prevista (EN LA INDIA!). Nos peleamos con los conductores de autorikshaws en medio de la noche y nos plantamos delante del Golden Temple, el lugar más sagrado para los sikhs, sin saber si la oscuridad que nos rodea forma parte del infierno o del cielo de la India.

Hombres removiendo el contenido de calderos gigantes y un desconocido que se no acerca para ofrecernos ayuda. Avi, quemado por el viaje en bus, está a punto de mandarlo a paseo pero antes que crucemos dos frases nos encontramos con la boca abierta y una tza de chai y desayuno en las manos absolutamente gratis. El Templo Dorado, hecho con más de 700 kilos de oro, luce en la noche dejandose querer y admirar perdido dentro las murallas de mármol del complejo que le rodea. La gente, en el exterior, se descalza y se limpia los pies antes de entrar al recinto. Tenemos suficiente con el tiempo de bebernos un par de chais para saber que nos encontramos en una nueva y fabulosa faceta de este gran país.

El Templo Dorado luce por el precioso metal pero también por la amabilidad y fraternidad de esos que lo llenan de vida. Los sikhs, estos guerreros sagrados que se dejan crecer el pelo toda la vida bajo turbantes regios y lucen armas ceremoniales allá donde vayan, tienen pequeños tresoros escondidos detrás su tupidas barbas. Cada día dentro del templo se da de comer a más de 60000 personas sin preguntas rasas, procedencia o religión. En el exterior, puedes dormir en la casa de huespedes en dormitorios comunales y un baño que no parece indio (por limpios, no por concurridos) a canvio de un precio dificil de cuantificar: la voluntad.

La gente sonrie, te habla, te invita a ayudarlos con las diferentes tareas que hacen dentro del templo y te hacen sentir como parte de su pequeña gran familia.

En definitiva, el Templo Dorado de Armitsar, merecedor de su nombre más por su gente que por el preciado metal que adorna su cubierta.

You can leave a response, or trackback from your own site.

Leave a Reply