Mensajes en el desierto

Mejor tarde que nunca

Primero fue la última viñeta de Lucky Lucke, cerrando cada una de sus historias con una silueta desplazandose hacia el Sol poniente mientras cantaba “Soy un cowboy solitario…”. Después vendrían las imagenes antiguas de las cintas de spaghetti western que llenaban las tardes dominicales de la primera antes que llegara Parada y pianista a darnos la Navidad con tormentas de caspa blanquecina.

Poco a poco me iria convirtiendo en un cultureta insoportable que intentaba hacerse el listo perdiendose en los horizontes de films como Bagdad Café, sin entender que hacía una mujer negra viviendo en medio de la nada. Envidiaba a los Easy Riders, James Deaon a Gigante  y ansiaba perderme en la ruta 66. ¿Pero por qué? ¿Qué puñetas tiene el desierto?

Poesía. Por que allí donde no crece nada, la escasa vida se llena de mensajes. Cojemos la motocicleta y salimos de Jaisalmer para encontrar templos mortuorios de Maharajás dormitando delante gigantes eólicos y futuristas, combinando en el horizonte las palabras muerte, religión y energía. Un cadáver de vaca abraza su putrefacción al lado de la serpiente negra de la carretera y avanzamos un coche de los años cincuenta lleno de hombres que parecen alimentarse de arena. Niños con uniforme vuelven de una escuela invisible y mujeres tienden trapos de colores de lujo delante casas de fango y piedra.

Entramos y entramos en el desierto persiguiendo la línea del destino y, al lado de la carretera, encontramos este señal. En el infinito, el mejor empujón para esos que no se creen que entre las arenas de la monotonía uno también puede hacer crecer la vida.

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