Niños en la arena

tesoros naranjas

Vuelvo a entrar en las murallas del fuerte de Jaisalmer para recuperar mis doloridas posaders después del masaje cariñoso del balancear del camello. Día de repaso del trabajo hecho y aclimatación a la civilización después de dos días perdido en el desierto. ¿Qué queda? Dunas, postes y salidas de sol de horizontes inabastables y la imagen de las estrellas descubriendose como las propietarias de los caminos de la oscuridad allí donde no hay lugar para la contaminación lumínica. Recorrer caminos invisibles que cruzan la escasa vegetación sobre animales prehistóricos de tranquilidad envidiable es una maravilla digna de disfrutar. Pero las fotografías de la cámara no me muestran esta experiencia turístico-mística. El objectivo caprichoso se ha enamorado de las caras de los niños y niñas que a cada pequeño pueble nos venian a visitar con el insistente requerimiento de una naranja o un bolígrafo.

Niños nacidos en una playa eterna sin olas donde la promesa del agua y la vida surge de escasos pozos, los sueños quedan limitados en el horizonte y el mundo es duro y no siempre placido. Supervivientes des du su primer aliento de vida, nacen en las cabañas familiares de piedra i fango donde la madre busca la ayuda de las mujeres de la tribu. Crecen en una realidad limitada donde todo se reduce a cuatro plantas, animales y pocas personas. La presencia de alienígenas de piel transparente que cavalcan sobre los reyes de las dunas aparece en sus ojos como la llegada de los Reyes de Oriente, posibles portadores de regalos de otra forma imposibles de conseguir. En la primera parada te da por quejarte de su insistencia abasalladora, chiquillos destructores del misticismo dunaico por el cual el visitante ha pagado una buena suma. Observandolos por la cámara después, carreteando madera entre las dunas o comiendose con la delicadeza de un sibarita una naranja, te hacen entender el poderoso instinto y valor de estos pequeños hijos de la arena.

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