Decidir donde hacer la última parada, el último lugar a visitar antes de la inexorable vuelta a casa. Después de una semana en Delhi perdido entre calles y multitudes, haciendo estudios detallados de los lavabos de la ciudad (maravilla turística absolutamente prescindible) y descubriendo el traicionero mordisco de los virus indios, me decidí a buscar aires revitalizantes. Había la opción de las montalas y el aure fresco pero alguien me avisó que en Jaipur se estaba preparando para acojer un año más el festival Holi. Para los no entendidos, la ciudad recive la primavera como si todos los habitantes fueran extras de un anuncio de Titanluz. Los polvos que se utilizan normalmente para marcar religiosidad en pequeñas marcas y dibujos al frente se empran a paladas e indiscriminadamente para terminar convirtiendo locales y foraneos en el pallaso de Micolor.
Tradicionalmente las polvoras estaban hechas de plantas medicinales, hecho que me alegra un montón pues mis tripas siguen pidiendo un milagro. Y, los habitantes, como si lo supieran, ya me han pintado hoy de rosa solo salir del hotel.
¿Qué me esperará esta semana? Se tendrá que ver… Pero volviendo al Rajastán para despedirme de la tierra de los colores y la arena, ando sonriente por la ciudad, sabiendo que me pinten como me pinten lo pienso disfrutar al máximo.


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