En la tierra árida no puede crecer nada. Recupero las imagenes de una imaginación de infancia que me llebaba a desiertos de dunas escondidos detras de mis párpados cuando la abuela me leía los cuentos de las mil y una noches. No te pierdas nunca en el mar seco… Y yo me lo creía, imaginando qué raza de hombres podría ser capaz de sobrevivir a aventuras, combates, amores y derrotas en medio de los oceanos de arena.
Camellos pastan debajo de un arbol haciendo parada para repostar. El autocar carga y descarga pasajeros y vuelvo a comprovar la hora. De Jodhpur a Jaisalmer no hay más que cinco horas. ¿Pero dónde estamos? ¿Cuantas horas llebamos? La vegetación ha ido desapareciendo a lo largo del camino y los pueblecitos, de paja y piedra, cada vez se hacen más distantes. La carretera serpentea hacia un horizonte que intuyo no del todo plano y parece que todos los relojes de arena del mundo se hayan roto para borrar las horas bajo el Sol del Rajastán. Hace calor y es hinvierno. ¿Cómo sobrevive un alma cuando el Sol toma el dominio absoluto sobre esta tierra?
Continuamos avanzando y un hombre explica que hace unos diez años el gobierno provo el armamento nuclear bajo estas tierras. “Como las de Hiroshima y Nagasaki. Un espectaculo maravillosa. Necesitamos poder. El enemigo está cerca”. Y nos acercamos a Jaisalmer y, entre la tierra y la escasa maleza, vamos descubriendo maniones militares, casetas, tanques y soldados dormitando en puntos de control escondidos bajo telas de araña con el camuflaje de la arena.
Y llegamos. Jaisalmer, pequeño, enmurallado, como el castillo de un niño que ha conquerido una playa desierta. En el horizonte, el Sol quema las nuves y se esconede en un punto, a 80 kilómetros de distancia, donde el eterno enemigo pakistaní espera. Pero un hombre canta canciones de amor bajo el Sol rojo de los fuegos de Shiva y soldados pasean bajo las murallas sin que nada haga intuir la guerra.
En tierra de nadie, donde los hermanos un día marcaron fronteras de religión y rencor, Jaisalmer se ilumina como una ciudad dorada, último guerrero secreto de las fronteras entre la paz y la guerra.


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