Alterperiodista

Luchando con las rebeldes neuronas de mi cerebro decidí unir dos palabras: Periodismo y Alternativo. Y surgio Alterperiodista.

Una página para contar mis aventuras alternativas al periodismo y dar a conocer mi visión, también alternativa, de la profesión que más odio y amo de este mundo.

La banda del barrio

La banda del barrio

Tratar de descrivir la música india es como tratar de definir este gran país. Barroca, exuberante, compleja, amorosa y alocada, sagrada y pagana… Sus sonidos entran en las orejas occidentales como un canto nocturno que acompaña a los paisajes, los olores y las estrellas haciendo de este país un lugar un poco más mágico donde perderse.

Una definición soñadora que no encaja demasiado con el inicio de la historia de la noche pasada. Estaba en la Haveli donde me alojo estos días (casa de huespedes tradicional) tirado en mi cama dispuesto a dormirme cuando des de la lejanía empezó a soñar una música indescifrable de banda de barrio. Una guerra de trompetas, trombones y percusión contra la voz de un cantante capaz de asesinar todas las notas de un pentagrama con un solo gallo. Horriblemente divertida.

Las canciones se suceden hasta que al quinto o sexto atentado contra la tradición musical india noté como los sonidos se amplificaban acercandose en medio de la noche por las calles de Bundi. Tenía que salir. Lo tenía que ver.

Desbloqueando en la penumbra las puertas barradas de la casa, me encontre en la calle rodeado de hombres arregladísimos con turbantes multicolores de gala y un novio a caballo vestido como un maharajá en día de fiesta. Baile, sonrisas y fiestas. Y la horripilante música empezo a engancharme.

¿Y qué pasó? Lo que más me temía. Cinco minutos fueron suficientes porque un servidor se encontrara bailando en medio de la banda del barrio rodeado de turbantes y locura. Ebrio de la alegría general, como un campesino en Fiesta Mayor bailando Paquito el Chocolatero.

Las fotos que acompañarán este escrito no serán las de la boda. Sencillamente porque son horribles. Una clara demostración que el encanto horripilante de la banda del barrio afecta corazones pero no tecnologías japonesas.

Como un maharajá

Ya estoy aquí. Ya he llegado al Rajastán. Y, de momento, promete. Quizás porque Kota, donde me encuentro ahora, está fuera de los circuitos más turísticos de esta popular zona de la India. Y es que, aunque no tenga muchas cosas por ver, las que tiene están muy bien. Y como la gente no está acostumbrada a los billetes de los turistas, puedes disfrutar del amable canvio respeto a que te pidan dinero para una foto a que te las agradezcan y, incluso, te las pidan. Gente simpática casi en todas partes que me hacen volar por encima de los cuatro quilómetros que separan el Hotel del Palacio como si solo fuera a comprar el pan.

Y llego al dominio del Maharajá y una mujer me acompaña hasta los aposentos privados del governante en un tour privado de turista solitario. Puedo observar como vivía el última de una saga de hombres embigotados que lucen la sonrisa de quien se sabe en la cima del sistema de castas. Vaya vidorra se devían dar…

Pero, como decía, esta ciudad llama a las caminatas. Así que me vuelvo a poner en marcha y me topo sin quererlo con el zoo local. Delante del zoo un grupo de monos se da un festín con los resots de una sandía robada de entre la basura. ¿Para qué necesita un zoo esta gente? Quizás quieren dar su porción de vida de majarahá a los animales. Claro que, en este caso, la comparación es odiosa.

Dentro del zoo los animales no viven mal pero tampoc es que les hayan dado habitaciones cinco estrellas. Como todo en este país, el presupuesto para las instalaciones parece haber desaparecido con el bolsillo de algún funcionario y la imagen más triste del lugar la da un macaco solitario que dormita aislado de sus compañeros del exterior.

Tiene comida, no ha de buscar restos en la basura y puede estar tranquilo por tener un lugar a cubierto para dormir. Pero su mirada rompe almas. ¿Cómo lo devían engañar? ¿Prometiendole las comodidades de un gobernante en un palacio lleno de barras?

Uff… Si siempre había tenido mis dudas de los zoos, Kota solo ha hecho que se incrementen.

Ajedrez en Indore

Retrato de un ganador

¿Qué tiene Indore que merezca la pena visitar? No tiene demasiado, la verdad. Por primera vez el propietario de un hotel a la India me aconseja no quedarme demasiado tiempo en la ciudad. Ok, hiremos directos hacia el Rajastán. Pero tengo un día. Y le he de sacar partido.

Visito el museo de la ciudad y flipo con al estraña combinación de estatuas increibles del siglo XI al jardín y pinturas horribles europeas del XIX a la planta superior. Cosas de un cierto sentimiento de inferioridad de excolonia que también se puede observar al palacio, donde se recrean las puertas de Buckingham palace. Como si Ferran Adriá se le pasara por la cabeza imitar la cocina inglesa. Un error descomunal.

En fin, salgo a la calle después de las visitas culturales y me dispongo a disfrutar de una ració de India callejera. Y la encuentro. Indore no tiene nada. Pero tiene gente. Sonrisas gratuitas que me alejan de las sombras de la próxima Bhopal y me invitan a jugar ajedrez. Y juego. Y pierdo. Y vuelvo a perder. Y veo como las sonrisas se ensanchan hasta el infinito. Cualquier posible presencia de un sentimiento diferenciador o de inferioridad desaparecen.

No me siento blanco, no me siento morado, ni turista o intruso poco deseado. Y Indore no tendrá nada pero, ni que sea haciendo el ridículo al ajedrez, te hace sentir como en casa.

Bhopal, por un agujero

Entrada a Union Carbide

Union Carbide 2010

Corría el siglo XIX cuando Shah Jahan fue elegida como la tercera mujert que gobernaría una de sus ciudades más poderosas del centro de la India, Bhopal. Históricamente ciudad musulmana, Shah Jahan fue volver a situar su querida Bhopal en el mapa construiendose la mezquita más grande del mundo. Como pasa con los proyectos megalomanos, más si necesitan de la ayuda de paletas, la gobernanta y el proyecto quedo inacabado.

Cuando casi un siglo después se puso la última piedra, las arenas del tiempo y las ambiciones de otros gobernantes, habían dejado el templo y Bhopal sin su pequeño lugar en el libro Guines de los récords. ¿Cómo podía ser conocida la ciudad? ¿Cómo podría hacer que el nombre de Bhopal resonase en todo el planeta?

La respuesta la daría Union Carbide en 1984 en forma de nuve tóxica y el desastre industrial más importante de la historia. La falta de mantenimiento de una fábrica barata en un país barato ocasionaría más de 15000 muertes y casi un millon de afectados que aún a día de hoy pagan las consecuencias por haber inhalado los gases tóxicos de esa noche de diciembre.

25 años después la ciudad hierve de vida. Ruidosa, vital, con los olores del gasoil y el picante mezclandose en el aire, donde uno podría asegurar que está andando por cualquier otra ciudad India. Ningún turista. Y un occidental con una camara colgada del cuello avanza jugando a  esquivar vehículos y preguntando donde cae Union Carbide.

La gente me mira con suspicacia. Como si la ciudad no buscase visitantes y no entendiera tampoco que podrían buscar estos en ella. ¿Union Carbide? Dos kilómetros. Quizás está a las afueras de la ciudad. Pero Bhopal no se termina y ando y ando hasta llegar a un muro de ladrillos donde entre graffitis y chabolas miserables se desdibuja el nombre del pasado: “CARB…E”. No hay entradas. Dos niños se escapan por un agujero en el muro. Entro. Un solar donde todos los niños del barrio juegan al Criket y en el fondo, perdida en medio del bosque, la estructura metálica de la planta de Union Carbide. Me acerco y los pajaros cantan, un niño deja pastar unas cabras justa al lado de la maquinaria ocidada y una canción de Bollywood se convierte un banda sonora del conjunto como si se tratara de una postal bucólica de la India.

Hago una fotografia tras otra y me miro la cámara con extrañeza. ¿Qué esperaba encontrar? ¿Oscuridads, ceniza, cadáveres? ¿Gente enferma escupiendo sangre? Quizás no tanto pero la imagen me desconcierta.

25 años. Muchos de sus habitantes siguen pagando las consecuencias y aquí parece que no haya pasado nada. Bhopal vive y deja vivir. La ciudad vuelve a crecer y a funcionar, como si trabajara para ser una ciudad como cualquier otra.

Ganesh

Ganesh

Ganesh tiene 23 años y un nombre poderoso, el del Dios de la sabiduria y las letras. Una divinidad conocida fuera de la India más por su cabeza de elefante que por su bondad e inteligencia. Una visión superficial en la cual puedes caer al conocer al Ganesh de 23 años, de carne y hueso, de historia dificil y mirada triste.

Al lado de Orcha, un pueblecito conocido por las ruínas de sus palacios centenarios donde solo queda el polvo y la sombra de la riqueza de los maharahas, se encuentra Ganj, un pueblecito de no más de 500 habitantes. En medio de sus calles me he encontrado con Ganesh quien me ha invitado a hacer un chai a su nuevo restaurante.

En principio pensaba que me encontraba delante uno de los muchos embaucadores espontaneos que te encuentras en la India, pero despues de cuatro horas haciendome de guia, dandome de comer y presentandome a su familia, puedo decir que he conocido a un digno hijo del Dios Elefante.

Ganesh nacio en una familia pobre de artistas. Desde hace generaciones sus ancestros han sobrevivido combinando el duro trabajo en el campo con las danzas y música tradicionales. Ganesh fue educado en este arte y aprendio rápido. A los 16 años empezo a bailar y cantar vestido de mujer delante de los turistas de uno de los hoteles más lujosos de Orcha. Su sueldo, mil miserables rupias. La recompensa, hacer un trabajo tradicional pero mal visto por su comunidad y mantener con su miserable sueldo una familia de 12 miembros.

Sin embargo, Ganesh no se ha rendido. Con 23 años continua bailando, está casado y tiene una hija de solo 4 meses. Trabaja duro y ha de destinar cada rupia que ha podido ahorrar en construír un restaurante llamado “Sunset view” al lugar con mejor vistas de Ganj (uno diria que de Orcha). Su sueño ahora es que la gente lo conozca y tener éxito con su proyecto antes que su padre se muera. Así podrá ver que la familia ha conseguido superarse, hacer un pequeño paso en el inquebrantable e injusto sistema de castas.

Ganesh me trata de hermano mayor y me dice que solo quiere que alguien explique su historia. Y yo la cuento, sintiendome pequeño al lado de esta gran persona.

Kamasutra

Apsara

“Isn’t sex, my friend. Is life. Is god. Is India” Un guía indio instruye una pareja de australianos de mediana edad que visitan la India como si alguien les hubiera invitado a hacer de extras en la siguiente peli de Indiana Jones. El guia señala una de las inumerables figuras de decoran los templos de Kahurajo, construidos alrededor del año mil por la dinastía Chandela. Una familia que uno presupone más que agradable al observar la copía picapedresca de un penthouse de hace mil años. Las deidades indias comparten muros y altares con apsaras (una especia de ninfas en la India) algo más que sensuales y parejas convirtiendo el acto sexual en algo parecido a un deporte de riesgo. Kamasutra. Mientras en Europa nos dedicabamos a pintar pantocrátors, este gente esculpía manuales de sexualidad a sus templos… Si es que a cada época uno ha de escojer el continente adecuado para reencarnarse.

Kahurajo es la representación de arte más increible de esta vertiente de cultura hinduísta. Una cultura donde el amor y el sexo toman un papel importante que no se desata de los dioses. Una conjunción de sexo y divinidades que traspasa fronteras y hace que en todas las librerias de Occidente uno pueda encontrar las versiones más variadas del Kamasutra, con caras de dolor del comprador al descubrir determinadas posturas y una inevitable afirmación de “Cuanto nos queda para aprender!”.

Una admiración por el libro sagrado (¿Quién no puede considerar sagrado el sexo?) que puede hacer que olvides cual es la situación real de la moralidad en la India. Y es que cuando sales del templo te vuelves a encontrar la misma imagen tradicional de la India. Hombres. Vayas donde vayas, por la calle solo verás hombres y pocas mujeres, normalmente bien cubiertas con vestidos tradicionales y saris preciosos. Vestidos de mi y una noches que deslumbran solo dejando al descubierto miradas llenas de la magia de Oriente, pero también de tristeza. Y no puedo dejar de preguntarme por que se habla tanto del machismo en los países árabes y todos olvidan la Índia. Que son más de mil millones de personas.

Indian girl

Profundizar en el machismo en la India es una de las tareas que estoy desarrollando los últimos días y estoy flipando. La justificación de los hombres para tener la mujer y las hijas encerradas en casa suele ser el miedo a la violación por parte de algúnotro hombre indio. La prostitución, en cambio, está absolutamente aceptada como válvula de escape lógica a lo que tienes en casa. Y es que según ellos mismos afirman un 95 por ciento de los matrimonios continuan siendo concertados por la familia. Y que dure!

Así lo defiende un chico de 21 años con quien hablo hoy, Shiva, quién me asegura que aunque haber tenido relaciones con varias turistas jovencitas, el quiere casarse con una chica india. La que escoja su familia. Por que sus padres le conocen y sabrán escojer bien. Por que, si no, a ver ¿Cuantos divorcios hay en tu país y cuantos en el mío?

Intento contar nuevamente con un hombre indio la igualdad de sexos que existe en Europa. Pero no funciona. P Ique en India es diferente. Chocando entre una sana veneración al sexo y un machismo que hace presuponer que en esta parte del mundo solo tiene orgasmos un 50 por cientro de la población.

Manikarnika o el precio de la sacralidad

Shadu

Manikarnika

Manikarnika, la última morada, donde el eterno fuego de Shiva no deja de quemar nunca para llevarse que ya no volera reir. Doscientos, trescientos cadáveres… Las procesiones con cuerpos envueltos en crisalidas de telas preciosas se abren paso por las calles de la ciudad hasta llegar al Gath, al lugar más sagrado para abandonar este mundo. Sus cuerpos son introducidos para bever por útlima vez del rio sagrado y después son transportados a la pira, donde quemaran durante dos o tres horas, hasta quedar reducidos a ceniza y cabrones de anotomía indescifrable que serán dispuesta al corriente del agua eterna.

Las famílias se dejan mucho dinero en comprar la mandera necesaria, incienso, contratar el Shadu que oficiará el ritual y raparse la cabeza como señal de dolor por la perdida. No se vierten lágrimas en Manikarnika, pero la fatalidad inexorable de la vida que parece impregnar India aquó se hace más presente que en ningún otro lugar. Y comprendes a la primera persona que se te acerca y te dicer que no puedes hacer fotos. A mi tampoco me gustaría encontrarme a un turista haciendo fotos en el funeral de alguien querido. Pero la magia…

La magia de Manikarnika, la proximidad de la muerte, el juego de la religión y los elementos, impulsan tus manos hacia la camara, deseoso de poder robar ni que sea un pedacito del poder atábico de este lugar.

¿Pero no se puede fotografiar por las familias y la sacralidad? Nada de eso. No se puede fotografiar porque hay persones interesadas en cobrar dinero por cada una de las instantaneas que se hagan en Manikarnika.

Gracias a esto, Varanasi me ha regalado el primer reportaje bueno del viajero. Los últimos tres días han sido una divertida cursa de obstaculos entre los callejones de la ciudad eterna, conociendo embaucadores, preguntando precios y citandome con Suree, el jefe de los trabajadores del Gath. El precio de inmortalizar la sacralidad está a 400 rupias fotografía y 2000 por minuto gravado. Flirteo con la policia, conozco otros precios y, finalmente, pago solo 100 rupias para cuatro fotografías rapidas de la sacralidad. No me pasa nada. Los familiares, encerrados en su dolor, no se dan cuenta de mi presencia. El miedo de mi acompañante se centra en que el boss, Suree, no le vea haciendo negocios por su cuenta. Un trato, por cierto, que le sale bastante mal cuando le dejo a la puerta de mi hotel con una propina muy inferior a la que esperaba.

Dentro la camara guardadas las fotos de los elementos, el poder de Varanasi que no puedo vaciar en el blog por problemas técnicos. Pero volveré a salir a la calle, con la camara en la mano, como un niño a quien le acaban de regalar un cazamariposas. Y sin necesidad de pagar un centimo.

El cielo de Varanasi

Varanasi, ciudad sagrada. Laberinto de callejuelas raquíticas y sinuosas, que sube y bajan, escaleras, que giran y se rompen en interrogantes como lo hace la vida. Caminos que te descubren el latido secreto y diario de una de las ciudades más antiguas de la tierra, que te muestran pobreza y riqueza a cada paso. Caminos que siempre terminan llevando al Ganges, a las aguas sagradas, a la muerte.

Llego a mi pensión en plena noche y solo un breve paseo en la oscuridad ya me lleba hasta a la esplanada de Manikarnika Gath, el lugar más sagradoo para los hindues para que el fuego de Shiva se los lleve hacia una nueva vida.

Oserbo y me fuerzo a huir del Gath para refugiarme mi primer día a Varanasi dentro del hotel. Necesito escrivir las experiencias de los dos últimos días en mi diario y quedarme en Manikarnika significaría acumular aún más vivencias a digerir. Voy a mi habitación y duermo.

Me levanto al día siguiente y me dispongo a refugiarme al bar de la terraza de mi guesthouse para escrivir aislados de Varanaso. Pero esta es una ciudad vieha, sabia y caprichosa. La vida crece en ella des de las raíces hasta las ramas más altas. Y des de la terraza pierde un día intentando escrivir. Y es que la ciudad crece a mis pues como un desierto de los tejados y terrazas donde se puede difsrutar de una de las más maravillosas competiciones de cometas que haya visto nunco. En cada tejado, en cada balcón o terrazza puede ver niños jugando con su propia cometa, dominandolo como un profesional porque no se les pierde enchado en alguno de los inombrables obstaculos del laberinto de edificios.

Monos y comadrejas reptan por entre las casas intentando robar comida. Las mujeres ordenan la ropa, se peinan y observan a sus hijos haciendo volar pajaros de papel. Los hombres pierden su mirada en el horizonte del Ganges, curvandose hacia el infinito y mostrando toda su sacralidad en el horizonte.

Y yo escribo y observo durante todo el día des del tejado. Y por la noche vuelvo al Ganges, a los fuegos, a la cremación y la muerte. Y Varanasi fluye, jugando continuamente con el aire, el fuego, el agua y la tierra, supervivente eterno de la lucha de las fuerzas más primarias.

¿Dalai Lama? No, gracias

No sé por qué pero en este viaje me voy encontrando con coincidencias importantes que no busco. Después de Obama en la Gran Muralla, ahora me toca el Dalai Lama en Bodhgaya. Y esto no es China…

Os cuento. Cojo un tren nocturno el día dos para plantarme de madrugada en Bhodgaya, lugar donde Buda vio la luz y llegó al Nirvana. Se trate de un pueblo pequeño y perdido donde el único interesante en el conjunto de templos que las diferentes ramas del Budismo han ido construyendo alrededor del lugar sagrado. La riqueza, sin embargo, parece que solo ha fructificado dentro de los templos mientras fuera cuatro callejones hacen una competición para ver quien gana en pobreza.

Me habían advertido que el Dalai Lama llegaba estos días a Bhodgaya cuando ya había comprado el billete. La pereza de submergirme en una multitud de túnicas naranjas y occidentales iluminados por la luz de Oriente (algunos, si me permitís, con claros sintomas de insolación sagrada) estubo a punto de hacer que me quedara unos días más en Kolkata.

Pero al final cedí. Y me encontré andando por las calles de Bhodgaya con un adolescente del pueblo preguntando a guesthouse llenas a reventar de pelegrinos. Solo les faltaba un cartel que pusiera: “Aquí no se aceptan ateos”. Y es que a mi, aunque llebe la cabeza rapada, se me nota que no soy budista.

Así que al final desistí, eleigiendo visitar el lugar de la iluminación de Buda y salir por patas de la ciudad esa misma tarde. El chico que me acompañaba, John, me preguntó extrañado por qué no me quedaba a ver al Dalai Lama. La edad avanzada de Tenzin Shiatso, el XIV Dalai Lama, hace que sus seguidores crean que quizás sea la última vez que lo podrán ver. Cuando me lo contó recordé la larga decadencia física del Papa Juan Pablo II, un culebrón mediático donde cada viaje o cada misa se convertían en la última.

Así que el Dalai Lama ha llegada al mismo punto. Y se da a su fe delante de multitudes cuando podría estar viviendo como el abuelo de Heido en el Tibet… Mmmmpfff… ¿Qué quereis? A mi eso de ver alguien porque quizás es la última vez que lo veo me suean a “morbo”.

La decisión estaba tomada. Me he ido haciendo un pequeño donativo por el Tibet libre y cogiendo el último tren para Varanaso donde, como no, me toca sumergirme (en el sentido más metafórico) en los fuegos funerarios del Ganges.

Hambre

Fam

Afortunats

¿Qué es tener hambre? ¿Esperar eternamente en un restaurante donde el camarero se ha olvidado de su pedido? ¿Ese día donde el tren se retrasa y parece no llegar nunca a casa para la hora de comer? Quizás eso sería la presencia molesta de la gusa o el apetito…

No, hambre tiene otra definición y otra cara. No siempre humana. De hecho, un servidor incluso diría que el hambre deshumaniza, convirtiendo los seres humanos condenados a la nada, la pobreza y la suciedad de las calles de Kolkata y obligandolos a seguir instintos, unirse a alianzas imposibles y inventar mil tretas para conseguir matar el demonio del vacio que les corre por los intestinos y les encoje el estómago.

La mejor definición de hambre justamente me la da un animal. Al salir del tren oigo unos ladridos desesperados. Me giro y me encuentro una perra callejera que llora y reclama ayuda al descubrir el cadáver de uno de sus cachorros en medio de la basura. Ha muerto mientras ella seguramente buscaba algo para comer. Toca el cadáver e implora vida al cuerpo helado cuando una mujer que también observa los hechos se acerca al cadáver del cachorro. Delante la presencia humana, la perra solo necesita un segundo para olvidar su hijo muerto y se gira moviendo la cola. Alguien se ha fijado en la existencia y busca con ojos esperanzados una oportunidad para llenar el estómago.

El hambre debe ser esto. Tanta necesidad de sobrevivir que el hambre extremo es capaz de sobreponerse incluso a la desesperación de la muerte.

Un ejemplo animal que, sin embargo, no se alejo demasiado de como es la existencia de muchas personas en Kolkata. Miles de individuos viven, buscan comida y mueren en la calle. Grupos de niños abandonados, familias enteras, gente mayor… La pobreza se expande como una inmensa mancha todo el mapa de la antigua metropoli británica y, cuando andas, vives y maldices el contraste de este país. Niños conom los de estas fotografías comparten ciudad. Algunos con todo, otros con nada, India crea su alma de país único bajo la posible etiqueta de uno de los países más injustos de la Tierra.