Alterperiodista

Luchando con las rebeldes neuronas de mi cerebro decidí unir dos palabras: Periodismo y Alternativo. Y surgio Alterperiodista.

Una página para contar mis aventuras alternativas al periodismo y dar a conocer mi visión, también alternativa, de la profesión que más odio y amo de este mundo.

Perder o encontrar

Esperando en Kolkata

Durante toda mi vida he aguantado las bromas de mi familia sobre mi peculiar sentido de la orientación. Uno se sabe limitado en algunos aspectos y, evidentemente, tampoco me fustigo si a veces los mapas no coinciden con mi realidad mental. Justamente por eso he desarrollado la máxima “Lo bueno de perderse es que aprendes a encontrarte”. Y siempre funciona!

Lo he vuelto a comprovar en mi primer día en Kolkata. Después de llegar ayer a las tantas de la noche a una pensión de mala muerte, unos viajeros me dijeron que el mejor para viajar por la India era comprar los billetes de tren con antelación suficiente como para no quedarte sin. Y esta mañana cuando la ciudad aún despertaba he salido a la calle. Los mapas de la guía eran más una orientación que otra cosa pero he llegado donde quería. Con el billete hacia un nuevo destino que ya descubrireis el día dos, me he submergido en la aventura.

Si uno cree en perder el primer día ha de renunciar a los medios de transporte y ir allí donde la gente hace lo mismo que un servidor. O sea, andar. La opción en Kolkata se descubre rápidamente como la esplendida fórmula para no morir atrapado en un embotellamiento. Siempre se puede morir al cruzar una calle pero el método kamikaze de los indios, de momento, también funciona.

Así que tira para uno de los puntos con más peatones de la ciudad, el puente de Howrah que cruza el Hooglhy y conecta las dos partes de la ciudad. Quizás portque al lado tiene la estación central (donde puedes surfear por encima las cabejas en las mareas de pasajeros) y una enorme parada de autocares, pero se calcula que cada día calcula que cada dúa se cruzan millones de personas.

Bajo el puente he visto un mercado de flores y me he dejado llevar. Sin norte, ni ganas, he podido disfrutar de la increible y ajetreada vida de esta ciudad donde todo el mundo parece trabajar, esperar o vender alguna cosa.

Eso si, siempre en la calle. Gente duchandose, cocinando , haciendo esculturas, rezando, hablando, corriendo… Bocinas, gritos, el tintineo de los cascabeles de los rikshaws (estos andan con carga incluída) y el aviso permanente del porteador que utiliza la cabeza según la escuela filosófica de “cargar tus pensamientos con diez quilos de patatas para transportar y seguramente mañana tendrás para comer”.

Caos, polución, pobreza (más que en todo el viaje) y la sensación que Blade Runner y Aladín se han fusionado en un solo film. Y, como siempre, sin darme cuenta me vuelvo a encontrar delante del hotel. Este país promete.

Por lo que respeta a la fotografía, una que me recuerda a los primeros días en Bangkok donde un niño esperando caridad se colo en mi cámara. En Kolkata he encontrado su versión femenina. Como decía en ese post, pierdete en la gran ciudad y encontrarás millones de historia esperando ser descubiertas.

Cuando se esconde el Sol

Cuando se pone el sol y sucede lo imposible. El cielo se vuelve rojo, el azul del mar toma el color del vino y una chica se me acerca por la espalda y me susurra un Feliz Navidad en inglés. Bonita, sus ojos de almendra thailandesa me hacen la boca agua y me embobo columpiandome un instante en la curva de su sonrisa. Se sienta a mi lado y intento disimular como si terminara de escribir la última línea sin conseguirlo.

Hablamos de lobiros, me enseña thailandés y la noche se va entre risas escondidas debajo las sabanas… Y al amanecer no lo puede evitar: ¿Te quieres casar conmigo? Y me dice que si, Y ya la he liado…

Que no… ¿Cómo podría un individuo como yo pedir la mano a una chica? Casarse con una chica thailandesa conocida en un lugar turístico puede ser un verdadero problema. Tengo un buen número de historias para contar al respeto y caer bajo el encanto de Thailandia puede ser contraproducente. ¿Pero qué quereis? No sabía qué inocentada poner en el blog y aprovecho la belleza de Ko Chang para crearla.

¿Y quién puede negar que cualquier inocentada tiene su punto de verdad? Y es que he pasado la mejor navidad de mi vida y Santa Claus no ha aparecido. Ahhh… Siempre me quedará el Sol!

Feliz Navidad

Si la Navidad es felicidad podría decir que actualmente estoy lleno de espiritu navideño. Mister Scrugge no hubiera necesitado tantos fantasmas visitandolo y torturándole de madrugada si alguien se hubiera molestado a regalarle un billete hacia el trópico. En un clima cálido, perdido en una isla paradisíaca, es mucho más fácil entender esos principios básicos de la felicidad.

Para empezar, no necesitas arboles de Navidad, bolas de colores y luzes de neón para acordarte que hemos de ser felices. Los arboles hace tiempo que perdieron su simbolismo como respeto hacia los espíritus de la naturaleza y, por favor, tanta lucecita solo puede ser para esconder la sordidez de los centros comerciales que intentan saciar nuestras folaquezas a golpe de talonario.

Segundo, no hace falta nieve. Todas las imagenes de Navidad siempre caen en los paisajes nevados. El calor es mucho mejor. Nadie me puede negar que el único placer del invierno es que puedes esconderte bajo una manta con los que quieres, sabiendo que estás huyendo de un frío capaz de helar almas.

Tercero, tercero… Siempre tiene que haber un tercer punto y en este caso son la familia i los amigos. Navidad es la excusa perfecta para encontrarse con la gente que quieres pero, un servidor, quiere igual a la gente desde cerca como en la distancia.

Así que, Feliz Navidad! Tirado bajo una palmera en la playa observo puestas de Sol y siento el agua acariciando mis pies mientras me embobo con el vuelo de una libelula. Me siento más próximo que nunca al niño que espiaba detrás de las puertas los regalos de los Reyes Magos. Por que la magia, al fín y al cabo, no está en las fechas señaladas sino allí donde uno quiera encontrarla.

Admito que es muy fácil decir todo esto estando en mi lugar. Pero os dejaré unas fotos de Ko Chang para compartir un poco mi Navidad con vosotros. Si en algún momento teneis frío, haced como el taxista de la película Collateral, observad una fotografia paradisíaca y recordad, está en vuestras manos llegar al paraíso. Y es posible.

Bye, bye Sodoma

¿Que hay detrás de la tigresa?

Ojos cristalinos y mirada chispeante, adaptandose a la luz de un nuevo día en el trópico. Patong Beach, en Pukhet despierta lentamente para volver a llenar sus calles de thailandeses trabajando en sus respectivos negocios, mientras los turistas se dirigen lentamente hacia la playa, a sudar bajo el sol todo el alcohol de la noche pasada y quemar adormecidos los recuerdos del pasado amanecer en la ciudad del pecado. Quizás alguna pareja de luna de miel está haciendo las maletas por separado, dandose cuenta que Sodoma no es lugar para empezar una vida compartida, menos cuando no conoces quien tienes al lado. Yo tambien hago las maletas y espero el autocar para ir a Bangkok con la clara disposición de no mirar hacia atrás, no vaya a ser que como la mujer de Lot me termine convirtiendo en sal y pase el resto de mis días blanqueando un pedazo más de estas playas paradisíacas.

Huyo con ojos de resaca y los bolsillos vacíos, superado por Sodoma. Aquí el placer tiene todas las caras posibles y la gente se abandona bajo sonrisas que pueden esconder una noche de amor pagado o una sorpresa entre las piernas. Los ladyboys se unen y se hacen los amos de la noche en los locales más concurridos de la ciudad, mientras turistras teóricamente despistados deciden cruzar la línea de la masculinidad bajo bellezas femeninas. Las mujeres bailan enumeradas bajo las barreras de los locales mientras parejas y solitarios voyeurs las observan y beben una copa detrás de otra. La belleza y la sensualidad absoluta de alguna joven promesa de la noche se combina con los bailares cansados de mujeres hartas de barra, con ojos de sueño roto a la busqueda del turista que las retire de una vez por todas de la noche. En las esquinas, en los angulos oscuros de los locales, los chulos observan como se vende la carne, mientras por la calle desfilan, entre la multitud, parejas espontaneas que se desaran en unas horas después de seducir , pagar y copular.

En los baños de un local se lee “Aquí manda el dinero, no el amor”. Nada nuevo, pero mucho más evidente que en cualquier otro lado. El sol quema a las calles de Patong Beach y yo espero el autocar, intentando recordar si Lot, cando huyó de Sodoma, aprovechó su última noche sin decirle nada a su Señor…

Nadalear

Asian New York

¿Que és nadalear? Nadalear es surfear por encima de las fechas navideñas intentando que unos días que se presuponen para la paz, la amistad y la família (sic) no se conviertan en un bolsillo vacio, triste por esperanzas frustradas y regales que se esconden dentro de un armario. Hoy he creado esta nueva palabreja en su acepción viajera.

Todo ha empezado esta mañana cuando a primera hora en la embajada India me han dicho que necesitaba esperar cinco días para tener el visado. Una mala respuesta que tiraba las esperanzas para el billete-chollo que pensaba comprar para miercoles y que me llebaba directo a Calcuta. ¿Qué hacer? ¿Vuelvo a la China o espero al siguiente viernes a tener el visado (quizás el lunes me dicen…) y después compro un billete a cambio de un higado prenavideño? Y es que, es estas fechas, aunque los hindúes no sean dados a volver a casa por turrones El Almendro, los billetes, literalmente, vuelan!

Salgo de la embajada como Mortadelo, con una nuve encima de la cabeza lanzando relámpagos. ¿Aquí o allí? ¿China o Índia? Me voy al mirador para observar la ciudad de Hong Kong y recapacitar y me encuentro con un hindú de vacaciones en Hong Kong. Le pregunto: “¿Tu qué harías?”. Él me mira, sonríe, y dice: “Es tu opción, pero se te ve buena persona. Tranquilo, confía en tí mismo y todo irá bien”. Se va y yo me quedo igual que antes, con piropo, pero igual que antes.

Y observo Hon Kong, sobresaliendo sus megalómanos rascacielos por encima una polución que llega desde China y me doy cuenta que mi corazón no quiere estar más en este lugar. A mi, los rascacielos, me impresionan una vez, no más. Los complejos freudianos de los magnates de la economía me la traen floja. ¿Y qué quereis que os diga? Que volver a China, aunque me encanta, tampoco me convence.

Se me enciende una lucecita y, como un Rey Mago, vuelvo al Hotel esquivando arboles navideños y multitudes consumistas. Abro un ordenador en uno de los mil cybercafés de mi edificio y me conecto a internet. Miro, comparo y compro. Y mañana me voy para Thailandia. Concretamente hacia Pukhet. Porque si, por que los billetes de Thailandia en la India son más baratos y porque, para pasar una Navidad lejos de casa, que mejor que pasarlo en una playa.

Y nadaleo, surfeando entre inconvenientes de viajero hacia un nuevo destino , esquivando celebraciones, imprevistos y nuves mortadelences.

“Li hai!”

"Li hai!"

Esta historia empieza en un tren de 35 horas desde Chengdu a Shenzen, puerta china de entrada a Hong Kong. A las once de la primera noche en el tren, las luces se apagan dejandome sin lectura mientras a solo dos zancadas un niño pequeño se pone allorar y su madre lo intenta calmar a la china, entiendase como gritando más que su hijo. El traqueteo del tren remueve la litera superior llenando el compartimento de un tamborileo metálico disonante y inspiro profundamente optando por hacer volar el pensamiento a través de la oscuridad antes de volverme loco.

En la cama de al lado, una chica china se remueve y abre su mobil para poder leer con la luz del inalámbrico. Nos miramos y sonreímos delante un nuevo sollozo-rugido del niño de al lado. Empezamos a hablar sin entendernos y, en la siguiente parada, salimos del tren para pasear por un anden desierto a la una de la madrugada. No hablamos demasiado pero reímos y compartimos insomnio con la complicidad de los viajeros atrapados por un destino inabastable. Las horas pasan y, finalmente, el sueño nos gana.

El terrible ruiseñor

El día se despierta dentro del tren y la chica y su amiga vuelven a retomar la conversación con un servido. Se apuntan a la fiesta un estudiante universitario y dos hombres del compartimento de al lado. El estudiante habla un inglés más que precario con el que me intenta traducir. Me llenan de comida y preguntas. Y aprendo mi tercera palabra en xino: “Li hai” o algo muy similar que con el gesto conveniente significa “Ok, perfecto, buen rollo!”. Repito el gesto delante cada nueva incomprensión y el tren se llena de risas durante todo el día, mientras los jovenes revisores, un monje budista y otros espontaneos se van uniendo a la fiesta. Finalmente, al anochecer, dos niñas pequeñas se me acercan para saludarme y empiezan a cantar y bailar canciones en el minúsculo pasadizo delante de nosotros. Aplaudimos una vez y otra hasta que nos hemos de esconder porque la mayor de las niñas no quiere parar de ser el alma de la fiesta.

Antes de dormirme mi compañera de insomnio se va. Insiste en que intercanviemos teléfonos y me duermo pensando en que pasaría si me llamara. ¿Cómo nos podríamos entender?

Amigos inesperados

Sin esperar nada más me despierto para llegar a Shenzen y em encuentro en una estación que no sale tan siquiera en el mapa de mi guia. El estudiante universitario me apadrina. Primero llama a un amigo para que me de las instrucciones en inglés y viendo que no me aclaro me acompaña hasta la estación del metro donde he de cojer el tren pagandome el bus y el metro de su propio bolsillo.

Abandono China para pisar Hong Kong con una sonrisa. Este gran país puede irritarte en algunos momentos pero cuando te emociona lo hace como la Gran Muralla, las cuevas de Longmen, el Monte Emei o los guerreros de Xian: sin límites ni palabras. Si, quizás solo una, “Li hai! Buen Rollo! A mi China me da muy buen rollo!”

Caminos

poesia

Antes de empezar el viaje, decidí escribir en mi perfil de facebook las previsibles y transparentes palabras de Machado: “Caminante, son tus huellas el camino, y nada más; caminante, no hay camino, se hace camino al andar. Al andar se hace camino, y al volver la vista atras se ve la senda que nunca se ha de pisar”. Una licencia poética bastante previsible para un viaje, aunque resulte clarificadora en más de un momento.

Hoy he recordado estas palabras al plantarme en la oficina de visados de estranjería de Chengdu. Un simple tramite que puede resultar bastante complicado si el funcionario en cuestión se pone tozudo como una mula. Las sonrisas, en este caso, no me han servido para evitar que se me plantearan unos condicionantes inasumibles para extender la visa.

Podía ir hasta la cercana ciudad de Leshan y intentarlo allí pero el tiempo, mal amigo, se me tira encima y necesito evitar choques con el increible aparato gubernamental chino. Así que, recordando a Machado, he empezado a andar.

Esta noche cojo un tren hacia Hong Kong, donde llegaré pocas horas antes de que expire mi visado. Conocida como la Nueva York asiática, plagada de rascacielos bañando sus sombras n las aguas eternas del Pacífico, espero encontrar mi propia estatua de la libertad. Una nueva puerta al destino donde los caminos se bifurcan. ¿Adquiriré un nuevo visado para reentrar en China? ¿Volaré lejos hasta plantarme en tierras Indias? Quién lo sabe…

Recuerdo a Machado y recuerdo también a Ulises, cogiendo su barco y partiendo siempre desde un puerto diferente, esperando llegar a Ítaca y confiando su rumbo a los vientos.

Emei, la montaña sagrada

Me pierdo durante dos días andando por Emei Shan, una de las cuatro montñas sagradas del budismo en la China. Según la tradición, fue en esta montaña de más de 3000 metros donde se construyó el primer templo budista chino. Desde entonces, peregrinos de todo el país se han desplazado para llenar su sacralidad, materializada en una belleza natural que impacta y te hace sentir un poco más cerca del cielo. Uno de los fenómenos más famosos es el Aura de Buda, una especie de arco iris nacido en medio de la niebla al atardecer, delante del cual muchos peregrinos se tiraban al vacio de los acantilados d’Emei Shan esperando reunirse con la divinidad.

Afortunadamente, mis papilas gustativas están poco dadas a sentir el sabor de la divinidad y dedico mi ascenso a Emei Shan a llenarme de la belleza y, como no, filosofar. Reventandome las rodillas en los 8000 peldaños que llenan los caminos de la montaña me pregunto ¿Por qué demonios todos los lugares con una belleza natural tan arrebatadora terminan convirtiendose en sabrados?

Como siempre, solo tengo una respuesta. Delante lo que no entendemos, lo que nos sobrepasa, los seres humanos tenemos que atribuír la caprichosa belleza de la naturaleza a alguna instancia superior. Después llega alguna mente brillante escondida detrás de una túnica monacal y, dependiendo del color que la impregna, el lugar en cuestión pasa a ser propiedad de una u otra religión. Y eso que era de todos pasa a ser de algunos que cobran peaje para acercarse a Dios.

Otoño en China

Mañana en el templo

Desde hace una semana y media viajo con Kate, una loca inglesa con peinado punkie y un corazon enorme con la que no paramos de mantener las conversaciones más absurdas. Un buen ejemplo es la discusión eterna acerca de si la niebla que rodea las ciudades del centro del país es contaminación, como dice ella, o niebla china, tal y como la he bautizado yo. Un servidor no tiene ninguna duda de estar en lo correcto pero, con o sin razón, la maldita niebla persiste envolviendo las ciudades en una blanca y molesta prespectiva londinense y desdibujando toda la vida y belleza que puedan contener.

El espiritu mediterraneo grita dentro de mi ser y me suplica Sol y colores sin que yo pueda hacer nada más que forzar mi cuerpo a salir a la calle y seguir andando por las ciudades, haciendole entender que, las ciudades con niebla, como las películas en blanco y negro, también tienen su encanto. Una decisión acertada pues la Chengdu oscura y anieblada del primer día se me descubre al cabo de media hora bajo el sol del otoño más embellecedor.

Chengdu

Chengdu, la ciudad de los pandas, está minada como el resto de grandes ciudades chinas de rascacielos que crecen como cañas de bambú. La ciudad, sin embargo, no pierde su esencia mágica manteniendo los arboles en todas las avenidas principales, guardando celosamente sus parques urbanos y sus zonas tradicionales (pocas, pero encantadoras). El resultado: azules y grises metálicos de edificios combinados con marrones, naranjas y amarillos cálidos de un otoño que se escapa corriendo inevitablemente hacia el invierno.

Ando por la ciudad y disfruto de la increible sensación de un fantástico día de otoño. Tomo el te con unos rastafaris chinos, hablo con abuelos, juego con niños y me embobo en los parques viendo como vuelan las cometas intentando atrapar el techo del cielo. Y olvido la niebla china, como lo hacen ellos.

No me extraña que los pandas sean animales tan simpáticos. Si es que así, cualquiera! Si no, miradlos…

Picnic panda

Colega

Nurserie

Guerreros y cabras en Xi’an

Guardia eterna

Mil caras

El 1974 un grupo de campesions escarbaba con esfuerzo la tierra seca de una provincia perdida en el centro de la China buscando la preciada agua que los ayudaría a hacer frente a una maligna sequía que mantenía sus campos secos de vida. Una palada, otra y otra y, entre la tierra, una resistencia inesperada. Rodeada de polvo, una cara enigmática, muda y helada de un soldado condenado a mantener la guardia para toda la enternidad, surgía de la tierra buscando el sol después de milenios. Por casualidad, ese grupo de campesinos acababa de descubrir la tumba del primer emperador de la China, Quin Shi Huan, situando el nombre de Xi’an en el mapa del mundo.

Imaginar la cara de esos campesinos al hacer el descubrimiento no es muy dificil pues uno, por mucho que haya podido ver mil fotografías, no deja de quedarse absolutamente boquiabierto. La primera expresión de cualquiera delante esta obra de arte es bastante más monótona que la de  los miles de soldados con facciones diferenciadas y perfectamente esculpidas que guardan el primer gran emperador por el resto de la eternidad.

Muslim corner

Una maravilla que, sin embargo, a veces oscurece lo que puede dar de si la ciudad de Xi’an, que queda escondida en medio de la pepetua niebla del centro de la Xina. Descubrir los guerreros es solo uno de los atractivos de una ciudad moderna y llena de vida donde puedes pasar de sentirte en medio de nueva York a perderte por las callejuelas del Muslim Corner, donde la comunidad musulmana ata cabras por las calles esperando la llegada del ramadan y cocinan, venden y pasean humanidad.

Escapandose aún del frío de un invierno que ya ha condenado Beijing a la vida de interiores, en Xi’an puedo observar por primera vez la vida en los parques. La gente suele hacer referencia a las clases matutinas de Tai Xi, pero se olvidan de las clases de baile, los partidos de squash, las cometas volando al viento y la gente paseando, sencillamente paseando. Entre los arboles puedes sentir la calidez de una sociedad que a veces puede parecer distante y obsesionada por el progreso y el dinero. Descubrir esta faceta que quiere la naturaleza y el aire libre, incluso dentro de la gran ciudad, es uno de los primeros pasos para querer un pueblo mucho más amable de lo que esperaba.

Si no, mirad las mil caras diferentes de los guerreros de terracota. Inmoviles y condenados al servicio perpetuo, pocos de ellos muestran expresiones urañas. Incluso muchos sonríen, eternamente, como si en su obligada guardia se negaran a abandonar la esperanza de un día liberarse de la tierra y empezar a andar.