Lo he vuelto a comprovar en mi primer día en Kolkata. Después de llegar ayer a las tantas de la noche a una pensión de mala muerte, unos viajeros me dijeron que el mejor para viajar por la India era comprar los billetes de tren con antelación suficiente como para no quedarte sin. Y esta mañana cuando la ciudad aún despertaba he salido a la calle. Los mapas de la guía eran más una orientación que otra cosa pero he llegado donde quería. Con el billete hacia un nuevo destino que ya descubrireis el día dos, me he submergido en la aventura.
Si uno cree en perder el primer día ha de renunciar a los medios de transporte y ir allí donde la gente hace lo mismo que un servidor. O sea, andar. La opción en Kolkata se descubre rápidamente como la esplendida fórmula para no morir atrapado en un embotellamiento. Siempre se puede morir al cruzar una calle pero el método kamikaze de los indios, de momento, también funciona.
Así que tira para uno de los puntos con más peatones de la ciudad, el puente de Howrah que cruza el Hooglhy y conecta las dos partes de la ciudad. Quizás portque al lado tiene la estación central (donde puedes surfear por encima las cabejas en las mareas de pasajeros) y una enorme parada de autocares, pero se calcula que cada día calcula que cada dúa se cruzan millones de personas.
Bajo el puente he visto un mercado de flores y me he dejado llevar. Sin norte, ni ganas, he podido disfrutar de la increible y ajetreada vida de esta ciudad donde todo el mundo parece trabajar, esperar o vender alguna cosa.
Eso si, siempre en la calle. Gente duchandose, cocinando , haciendo esculturas, rezando, hablando, corriendo… Bocinas, gritos, el tintineo de los cascabeles de los rikshaws (estos andan con carga incluída) y el aviso permanente del porteador que utiliza la cabeza según la escuela filosófica de “cargar tus pensamientos con diez quilos de patatas para transportar y seguramente mañana tendrás para comer”.
Caos, polución, pobreza (más que en todo el viaje) y la sensación que Blade Runner y Aladín se han fusionado en un solo film. Y, como siempre, sin darme cuenta me vuelvo a encontrar delante del hotel. Este país promete.
Por lo que respeta a la fotografía, una que me recuerda a los primeros días en Bangkok donde un niño esperando caridad se colo en mi cámara. En Kolkata he encontrado su versión femenina. Como decía en ese post, pierdete en la gran ciudad y encontrarás millones de historia esperando ser descubiertas.




























