Alterperiodista

Luchando con las rebeldes neuronas de mi cerebro decidí unir dos palabras: Periodismo y Alternativo. Y surgio Alterperiodista.

Una página para contar mis aventuras alternativas al periodismo y dar a conocer mi visión, también alternativa, de la profesión que más odio y amo de este mundo.

Kung Fu y Confucio

El jardín dormido

Guardianes de piedra

¿Entre la filososfía y las artes marciales, que se puede encontrar? Normalmente, un viajero despistado. En esta vida uno no puede basarse en las ideas preconcebidas, menos si estas provienen de pelis de Bruce Lee, Jackie Chan o cualquier otro buen vecino chino con muy malas pulgas cuando le tocan las narices.

Así que, uno sale de Beijing pensando en su próximo destino y se encuentra que cerca de la capital (las proximidades en China siempre son relativas) está Qu Fu, la ciudad natal de Confucio, y aunque no lo tenía previsto se dispone a hacer una parada para filosofar un poco pero sin esperar demasiado. La ciudad provincial luce como un inmenso suburbuo con un centro histórico interesante, bonito y enfocado a un turismo inexistente en esta época del año. Los únicos occidentales que se encuentran en la ciudad son una tropa heterogenea y dispera que practica Kung Fu en una escuela cercana a la localidad. Lucen como los ayudantes patosos de un malo de peli de serie B y no parecen muy interesados en la ciudad que los acoje o Canfucio. Dicen que en Qu Fu no hay mucho que hacer más allá de la escuela donde aprender a ser tortugas ninja. Una idea que, aunque n lejos de la verdad, olvida el bosque de Confucio, el mayor cementerio de toda China, donde todas las generaciones de descendientes del filosofo han sido enterrados durante los últimos 2500 años. Un lugar tranquilo y magnifico donde pasear en medio de la historia y que te hace volar hacia pensamientos más elevados que una patada voladora.

Training

pantomima

Sueños profundos acompañan mis noches en la ciudad hasta que decido irme hacia mi propio destino friki. Quizás más nacido para pensar que para dar puñetazos al tronco de un arbol, no quiero dejar escapar la oportunidad de visitar el templo de Shaolín, cuna del Kung Fu entendido como arte de protección y no de ataque. La ciudad cercana de Luoyang , con sus cuevas de Longmen (con miles de budas esculpidas en la roca) y el casco antiguo (con sus fantásticos sitios de comida callejera) suponen toda una sorpresa. Pero Shaolín… Una vez más el viajero tiene la sensación de llegar demasiado tardo. Los monjes ya no practican en los patios del templo y el único Kung Fu real se encuentra en los miles de niños de la escuela que practican, con un chandal próximo al de la selección española, las artes marciales a granel. Por lo que respeta al templo se ha reconvertido en un parque temático excesivamente caro donde la única diversión para un servidor es que los chinos me glorifican como una atracción más y hacen cola para hacerse fotos a mi lado. Vaya, como ser famoso pero sin cobrar un duro.

¿Y ahora qué? Me pregunto observando el nombre de este espacio en el blog. ¿“Viaje a Shaolín”? Pues ya he llegado! Y parto, limpiando mi mente de ideas y expectativas, mirando el mapa, cerrando los ojos y tirando el dardo. Por que si algo aprendes en el viaje es que no hay ningún destino mejor que el inesperado.

Hard seat

Hard seat

A veces las traducciones pueden ser desastrosas. Otras, sencillamente geniales. No se a que empleado de las líneas ferroviarias chinas se le encargó traducir los nombres de las categorías de viaje según los diferentes vagones, pero la clavo de lleno en referencia a la segunda clase del tren nocturno sin literas: “Hard Seat”. Vendría a ser la tercera regional del tren y casi todos los chinos optan por esta opción más económica. Te das cuenta solo llegar a la estación viendo que tu categoría de asiente tiene su propia sala de espera y, curiosamente, está a reventar. Cande se inicia el embarque te encuentras arrastrado literalmente por una corriente humana que te empuja inexorablemete hacia la salida al andén. Allí se desarrolla una carrera de obstaculos hasta llegar a un vagón atestado donde la gente que no tiene asiento espera sentada en medio del pasillo a que alguien se levante a hacer sus necesidades o fumar para sentarse un rato. Un hecho que no se termina de entender del todo pues si estar de pie durante ocho horas es duro, estar sentado en una de las sillas del tren solo hace que marcar en tus vertebras en caracteres chinos las palabras “hard seat” (carácteres que seguramente no se distinguen demasiado de los de “tortura china”). Dormir se convierte en una epopeia hasta que no consigues un lugar al lado de la ventanilla y, aún y así, te levantas horas después con la sensación que acabas de adquirir una torticulis para el resto de tu vida.

Una experiencia extrema que, como todo deporte de riesgo, tiene su parte positiva. Al final, te divierte ser el único estrangero del tren y que la gente intente hablarte sin que entiendas nada (hecho que no excluye, evidentemente, la conversación). Una auténtica experiencia asiática. Además, teniendo en cuenta que el viaje me ha llevado hasta la ciudad de Confucio, ¿qué quereis que os diga? Filosofia, amigo, filosofia… Y, como decía Confucio: “Cada cosa tiene su belleza, pero no todos pueden verla”. Así que a ponerse las lentes de contacto y mirar más allá del horizonte (cosa que, teniendo en cuenta la posición en que me ha quedado el cuello, no es demasiado difícil).

Obama i el Mur

The Wall

Tenía que pasar… Me decido a ir a la Gran Muralla y el señor Obama se decide a seguirme y ir el mismo día. ¿Qué le pasa al presidente de los Estados Unidos? Si, ya lo sé. Yes, we can! Pero no a mi costa! Yo no he pedido ser un ejemplo a seguir para que él quiera visitar China en temporada baja como lo hago yo! ¿Tendra algo que ver mi último post? Claro que, en esta vida, más vale ser previsor y como ya me lo temía me decidí visitar una parte de la muralla donde no me lo pudiera encontrar.

Dejando tonterías a parte, estar en China durante la visita del presidente de los Estados Unidos tiene su gracia. Ver banderas americanas ondeando al viento junto a la bandera de la República Comunista, asediando con barras y estrellas el mausoleo donde Mao, congelado para la posteridad, se niega a levantarse de su prisión de gloria… Eso no tiene precio. Además, si se levantara, seguramente del susto se volvería a quedar frito. China se va abriendo al mundo y sobresale en un Beijing donde el capitalismo vence a un comunismo que parece relegado a los souvenirs turísticos de banderas rojas y retratos del pasado (siempre queda, evidentemente, la represión dictatorial, pero eso es otra historia).

La curiosidad por ver como dos grandes imperios se dan hipócritamente la mano, sin embargo, no me hace olvidar ni por un segundo que un servidor está aquí para disfrutar de la China y ver su lado más humano y, por consecuencia, menos político. Así que, dejando el periodismo y abrazando con fuerza mi “unemploidismo”, decido visitar el muro (perdón, Muralla) con unos amigos lejos de donde lo hará Obama. Con cierto miedo a que el Presidente no le de por seguirnos, subimos y bajamos las escarpadas pendientes de la Gran Muralla, siempre con un ojo avizor por si si aparecen el hombre del momento.

Ya ves, nos decimos, tanta construcción, tanta fortificación inservible si cuando llegaban los mongoles les habrían la puerta… A Obama también se la han abierto. Claro que, en este caso, quien ha de vigilar para que no se le cuelen en casa es el presidente estadounidense. Por que, a este paso, la bandera que acabará ondeando en Washington será la China….

Infancia en Beijing

Ciudad prohibida

Palacio de invierno

Visitar una ciudad cuando no la visita nadie tiene sus pros y sus contras. Las contras, en el caso del invierno de Beijing, son bastante claras. Si te atreves a salir de la pensión cuando cae la noche conoceras lo que es el frio. Ráfagas de aire siberiano penetrando por cualquier pequeño recoveco de tu ropa haciendo que te sientas desnudo como un esquimal en la hora del baño. Inconveniente meteorológico que foragita a todos los turistas con dos dedos de frente y deja la ciudad para esos para quien fue hecha (vaya, los chinos) y para cuatro locos que paga la pena conocer. Gente que busca algo diferente y lo encuentra en escenarios helados y precioses en la Ciudad Prohibida o el Palacio de Verano, un lugar fantástico para visitar en invierno (aunque la contradicción sea evidente).

Sin quererlo entiendes que hace falta pisar Beijing en invierno para entender la fuerza de un pueblo trabajador, listo y dispuesto para saltar las dificultades climáticas para sobreponerse a los veranos más calurosos y los inviernos más crudos. Gente que sonrie, corre y trabaja bajo el frío como si este no existiera y te pega esa vigorosa sensación de lucha contra los elementos para descubrir la capital del Imperio más antiguo del mundo.

Soldadesca

Una fuerza que hace surgir el niño que llebas dentro y hace que te encuentres paseando comiendo un boniato y hablando en medio de la calle mientras el sol se deja caer detrás de los tejados triangulares que guardan la nieve como un precioso espejo que atrapa el sol hasta el último instante. Corres por los jardines del palacio de invierno haciendo guerras de nieve y te escondes dentro de calderos milenarios mientras los soldados miran hacia otro lado.

Vuelves cada noche al calor (relativo) de la guesthouse y brindas con cerveza con esos que, como tu, no creen en las Low y las High Seasons. Por que todos los sitios tienen cuatro estaciones, con sus bellezas, sus miserias y sus secretos esperando a ser descubiertos. ¿Os animais a venir?

Toilettes, McDonalds y Congelaciones en Beijing

El refugio

Ha sido largo, ha sido duro, pero ya estoy en el centro de Beijing! Pensabe que nunca lo conseguiría. Para empezar por el simpatico chico de Air China del aeropuerto de Bangkok que antes de embarcar me ha hecho un cuestionario completo (¿Sabe que ropa interior llebará el tercer día que esté en Beijing si llueve y al signo de la rana le da por croar?), que me he acojonado pensando en lo que pasaría al llegar a la China. Pero no, he tenido la “increible” suerte de llegar a Beijing a la una de la madrugada, con lo cual la funcionaria del gobierno, cansada y medio dormida, me ha dejado pasar después de un extraño pero breve examen facial.

Ya estaba dentro del Imperio! Había traspasado la Gran Muralla sin resistencias y me disponía a apropiarme de la Ciudad Prohibida cuando, tal y como me temía, me informan que no hay autocares hasta las siete de la mañana. Así que, antes de salir al frio siberiano de la calle (tres grados bajo zero o más!), me he escondido dentro de un labavo dispuesto a convertirlo en mi casa provisional durante la noche. Al cabo de dos horas, sin embargo, un trabajador de la limpieza me ha dado un susto monumental al llamar a la puerta (creo que yo también a él) y me he decidio a abandonar el refugio antes que me deportasen por Okupa de toilettes.

Al salir, evidentemente, todo cerrado. Hasta las cinco y media no me he podido colar en el McDonalcs para tomar mi primer desayuno chino. Y si, la comida rápida en China es diferente. Y no, no es una contradicción comer en un McDonalds en el mayor país comunista, pues de comunista (como mínimo Beijing), nada de nada.

Así que aquí me teneis, relatando una noche extraña y despidiendome, de momento. Voy a comprar ropa de hinvierno antes de convertirme en la primera estatua catalana que decore la ciudad Prohibida.

Predicciones indias, visados chinos

Smiling Bangkok

Volviendo de Camboya, me planto en la embajada China de Bangkok y hago una de las mías liándola en la ventanilla de los visados. Para empezar, me doy cuenta en la entrada al pasar por el detector de metales que llevo dentro de la maleta la navaja suiza. Mi madre… Rebuscan en la mochila y la funcionaria no la ve (yo si…). Subo al segundo piso, pago extra por unas fotos donde salgo con el “pecho lobo” al aie y, finalmente, espero mi turno para ir a la ventanilla correspondiente. La funcionaria china coje mi formulario y me indica la casilla de la profesión. “Current job: journalism”.

-Usted necesitar carta de su medio para entrar en China.

-No, es que yo no trabajo para ningún medio. Estoy en el paro.

-¿Entonces por qué pone que es periodista?

-Pues por que es mi trabajo!

-Entonces necesita una carta de su medio!!

-Que no… Que es mi trabajo pero ahora no trabajo!

Imaginad esta conversación repitiendose como un bucle durante 15 minutos con una ventanilla en medio de 10 centímetros en un cristal blindado. En fin… Al final, cojo el papel, tacho periodista y asumo mi nueva profesión, unemployed, con toda la dignidad del mundo.

Saliendo de la embajada me enfrento a mi siguiente reto: comprar ropa. Si no me gusta ir de tiendas en Barcelona, imaginad en Bangkok. Es mucho más divertido, de acuerdo… Durante las cuatro primeras horas! Pero cuando pasan y solo has visitado dos centros comerciales enormes, gigantestos, los hermanos grandes del Corte Inglés (tiene hasta Lamborginis y Ferraris en la quinta planta!) me desespero… Paso de los centros comerciales para ricos, a los de falsificaciones (desengañemonos, los que interesan a mi bolsillo) y dos horas más… AGHHH… Y no compro nada por que me quiero esperar a tener el visado en mis manos. ¿Y tanto sufrir para qué? Pues por que necesito ropa! En Beijing están a cinco grados bajo zero y no me puedo plantar con bañador y camiseta en Tiannanmen!

Agotado, decido posponer las compras y me voy hacia la guesthouse. Llego a Khao San Road donde me para un hombre gigantesco de religión  sikh. Con su turbante y barba de yogi (los pensadores, no el oso de Yellowstone) me dice que me adivinará el futuro y que si lo acierta, yo le pague lo que quiera… Divertido, acepto. Necesito algo que me aleje los centros comerciales de la cabeza.

El hombre empieza a decirme que de aquí dos años conoceré a una chica que se llamará Monica (¿Bellucci? Me pregunto interiormente) y tendré dos hijas y un hijo, dos de los cuales seran gemelos. No seré rico (que novedad…), pero la felicidad llenará mi vida y mi hogar (Bien, vamos por buen camino). Para que me lo crea, me dice que me adivinará el nombre de mi madre, mi edad, cuantos hermanos tengo y el nombre de mi exnovia. Si lo acierta… yo le tendré que pagar 5000 baths (100 euros al cambio!).

Ok… Empieza todo un ritual para un simple juego de manos y papeletas que paso de contaros aquó. Al final, abro el papel que tenía en la mano y, respuestas correctas! Con la mala suerte, que le he pillado. Me rio y le digo, muy bien, te pago 50 baths y el hombre que se hace pasar por un santo barón se cabrea, se pone en pie en toda su inmensidad de guerrero sikh y me dice con una sonrisa hierática que le he dado mi palabra y que, tranquilo, si no tengo el dinero, que vaya al cajero… Yo tambien me levanto, cojo los 50 baths que ya le había dado y le espeto que no necesito pagar para creer en mi propio futuro. Y me voy. Mecagüen… Y yo que quería relajarme después de los centros comerciales!

Ando indignado hacia la guesthoues, soñando con una ducha, leer, descansar los pies y, para qué negarlo, pensando qué pasaría si de aquí cinco días me cruzara con Monica Bellucci en el aeropuerto de Beijing.

“Tuktuk Sir?”

Abuelas sagradas

Niño Angkor

¿Habeis deseado nunca ser famosos? ¿Teneis esa estraña sensación de que todos esos con quien te cruzas por la calle quieren algo de tu, como si fueras Jesucristo dispuesta a curar ciegos y lepras sin acuse de recibo? Tranquilos, si lo que quereis es destacar, Asia es vuestro lugar.

Ya lejos de Angkor, reflexiono acerca el ejercito de tuktukeros, mototaxis, niños y madres vendedoras que te asaltan al salir de cada templo. Las ciudades son otro tanto de lo mismo y solo necesitas dar un paso fuera de la guesthouse para que des de 10 metros de distancia cinco personas te empiezen a gritar “Hello! Hello!” como si fueras un pariente lejano que no ven desde su infancia. Acto seguido “¿Tuktuk sir?”, “¿Temples?”, “¿Do you want a book, sir?”, “¿Cold water?”, “¿Hashis, cocaine, marihuana?”… Las personas mayores, así como los tuktukeros, se presentan amigables, dispuestos a preguntarte por tu vida y tus planes hasta que digas que si, que mira, que si hace falta, alquilas el tuktuk para este fin de semana ir y volver del Camp Nou sin hacer parada en las fronteras.

Capitulo a parte son los niños. Niños con horarios de escuela tan estraños que siempre estan ayudando a sus madres a vender todo tipo de productos. Eso si, listos lo son… Te preguntan de donde eres y se saben la capital, el primer ministro y, si hace falta, te cantan el himno nacional (una niña de no más de seis años se me puso a hablar en español delante Angkor Wat!). Recursos inteligentes que combinan con caras de pena que te desacen el alma en cascadas de sudor sin saber como decir que no.

La tercera edad, en cambio, suele inclinarse por la ayuda divina. Así que entras en un templo, te encuentras con una abuela delante de un Buda que te pone incienso en la mano y te insta a hacer un ofertorio (siempre monetario…) para que pregue por ti durante un rato.

Y, al final, ¿a quién das? La caridad, lamentandolo mucho, no es un buen camino para solucionar los problemas de un país pobre. Queda terminantemente prohibido comprar o dar caridad a niños. Es una práctica que solo insta a sus padres a verlos como un buen reclamo turístico y dejarlos fuera de las aulas. De la mediana edad tampoco se puede uno fiar mucho. El negocio es el negocio y, si necesitas algún servicio, regatea, seguro que consigues un precio mucho mejor.

¿Y que pasa con la gente mayor? Pues, de vez en cuando, vaciate el bolsillo. Si en Europa las pensiones son pauperrimas, no cabe recordar que en el resto del mundo no existen. Asi que, si rezan por tí, que rezen. A veces da rabia pero, quién sabe, si uno no cree en Dios, puede necesitar intermediarios…

Angkor, piedra sobre piedra

Sunrise Angkor

“Solo son piedras” defiende una voz joven y aflautada en medio del bar de la guesthouse delante de sus colegas que le increpan para visitar Angkor el día siguiente. “¿20 dolares por un día?, ¿40 por tres? No, lo siento. Puedo pasar dos o tres días con este diner”. Y, acot seguido, pide un par de cervezas más al camarer y comenta la posibilidad de ir a un bar de copas.

Ofuscado por las palabras de un desconocido me despido de mis compañeros de mochila y carretera para citarnos al día siguiente en los templos de Angkor.

¿Sólo piedras? Levantate a las cinco y coje un tuktuk para ver el amanecer en Angkor Wat (la mayor construcción religiosa del mundo). Pasea por debajo de las sombras de arboles centenarios y pierdete un momento por los laberintos de cada uno de ellos.

Bayon

Puertas de Bayon

Luchas de piedra

Sientate encima de las piedras, solo piedras, y parate a observar batallas navales en las ruínas de Tha Preak mientras la selva canta a tu alrededor. Deja que todas las caras de Bayon observen tus movimientos mientras te quedas embobado viendo como los Xams conquistan Angkor en los murales de sus paredes. Quedate sin aliente subiendo y bajando escaleras empinadas como montañas y riete un rato viendo como todo un grupo de turistas se para en Tha Prhom como si fuera el único templo que valiera la pena después que se gravara allí Tomb Raider.

Alquila una bici y pedalea, uno, dos y trenta y cinco kilómetros. Descubre los templos más pequeños donde no para nadie. Monta una tertulia con amigos al lado de las ruinas e imagina con los que te acompañen como hubiera sido vivir en este mundo fantástico de templos olvidados. Cierra los ojos y transportate a la piel del portugues Diego de Couto al redescubrir Angkor en el siglo XVI en medio de la selva (aunque la gloria se la llevara un francés dos siglos después).

the forest

Tomb Raider

Vive Angkor y deja que todos esos que consideran que las ruinas son solo piedras se queden en casa. Por que, al fin y al cabo, cada uno es libre de hacer lo que le de la gana. Yo, por 40 dólares, he andado por la historia y me he sentido como un niño pequeño jugando a ser Indiana Jones. Si, lo admito, no me cruce con Lara Croft explorando la selva. Pero, ya se sabe, no se puede tener todo en esta vida!

Rema, rema…

El capitán

Water festival

“Phnom Penh cierra puertas y persianas durante tres días y mañana te será imposible encontrar un tuktuk”. El recepcionista de la guesthouse me advierte sobre la dificultad de hacer nada en la gran ciudad durante el Festival del Agua. La ciudad conmemora durante tres días el poder naval del Imperio olvidado de Angkor con cursas de canoas de hasta setenta tripulantes. Casi 700 embarcaciones venidas de todo el país se tiran al agua para reverenciar a su Rey y su pasado, mientras sus conciudadanos los contemplan y los aníman. ¿Todos? No, todos no. Desengañemonos, ¿Quién puede parar una ciudad donde la gente lucha, sufre y araña las paredes del éxito para dejar atrás una pasado reciente nada digno de celebraciones?

Observas, fotografías y pasas medio día al lado del rio disfrutando de las cursas y, al final, abrasado como un langostino decides volver al hostal. La ciudad sigue tan viva como siempre (¿puede que haya tres tuktuk menos?) y me pierdo por las calles hasta llegar a la antigua estación de tren. Y, finalmente, lo encuentro. La tranquilad prometida por el recepcionista se encuentra detrás de estas rejas donde máquinas abandonadas se fusionan con el paisaje a fuerza de polvo y enredaderas.

Trenes dormidos

Encima el último tren, un niño, hijo de la única familia que habita en este lugar. Aferrandose a la palanca podrida que separa dos vagones, hace una fuerza sobrehumana como si con su pequeño cuerpo pudiera hacer volver ese gigante dormido a la vida. Su expresión obstinada, solitaria, me parece incluso más notable que la de los remeros que anima toda la ciudad.

Quiero hacerle una foto pero se me terminan las baterias… Quizás el destino quiere que determinados luchadores de imposibles hagan su camino en solitario, sin testigos de su honor o su derrota. Abandono el lugar resignado y animo mentalmente al chiquillo “Rema, rema… a ver hasta donde puedes llegar!”.

El Silencio

S-21

Killing fields

El terror, la tristeza, el horror pueden encontrar su lugar en el silencio, la absencia de sonidos, de vida y esperanza.

Te das cuenta cuando visitas el Campo de Seguridad S-21. Un tuktuk te lleba por las atestadas calles de Phnom Penh en un viaje hacia el pasado. La ciudad te sorprende, llena de vida y modernidad, más cosmopolita incluso que Vientiane (tampoco es muy difícil). Cuando llegas al campo de seguridad, en vez del horror te encuentras el patio bien cuidado de un antiguo instituto, soleado y tranquilo. El ruido de la call y los turistas que van entrando te hace revivir el lugar como si volviera a ser la escuela secundaria que fue en los sesenta.

Al empezar la visita las cosas cambian. Al prinicipio los turistas continuan hablando pero las risas dan paso paulatinamente a palabras escuetas, murmullos, respiraciones entrecortadas y inspiraciones de indignación contenida. Las únicas voces que se escuchan son las de los guías, como el nuestro, Liuan, un hombre de cincuenta años que perdió dos hermanos durante los cuatro años y pico del Régimen de Pol Pot (1975-1979). Solo dos víctimas más de un loco que terminó con tres de los siete millones de camboyanos para poder llevar el país a un Régimen agrario estricto donde tener las manos suaves por no haber trabajado la tierra, llebar gafas o tener una profesión tan maligna como la de médico te hacían merecedor de la muerte más atroz.

Descubrir el horror

Las fotografías del horror lo impregnan todo y el silencio se hace más y más intenso cuando una mujer señala una de las víctimas y se dirige a la mujer joven que la acompaña. Es su hermano, es su padre. La hija llora, lágrimas silenciosas, escasas, propias de un país donde la tristeza ha llegado a secar millones de retinas. En otra habitación una mujer llora observando uno de los cuadros de las torturas a las que sometían a los prisioneros. En este caso el guía nos traduce y nos explica que la mujer está destrozada por ver como se acabo con la vida de su hermano.

Silencio, absencia de palabras, de sonidos, de vida. No sabeis como me ha costado escrivir este artículo. Sobre todo por la rabia hacia un silencio mucho más fuerte. El de todas esas guerras y genocidios olvidados como el de Camboya (el conflicto no termino hasta el año 2000 prácticamente) que no tienen espacio en nuestras noticias. No vaya a ser que nos perdamos el último episodio del culebrón de la Pantoja.